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Del barloventeo


Por un mar inmóvil navegué. Sin querer un rumbo. Sin resistencia al vaivén de las olas. Mi piel se secó poco a poco con el abrazo del Sol, y a la mirada pasiva de la Luna el aire salado se pegaba a mi largo cabello suelto. Y ahí estaba, oceánica, con el mar por los cuatro costados. Eramos él y yo. No había tiempo, mas había un momento eterno. Una eternidad no cuantificable que no empieza, ni termina, ni tiene ciclos. Vegetaba en un estado incorpóreo del cual la consciencia no tomaba partido. Pero me hastié de esa nada constante y partí a la costa para embarcarme en la arena.

Ya en la playa, tomé un puño de arena blanca, estaba tibia. Con alegría esparcí arena sobre la arena. Pude haberlo hecho durante media hora. Era tan feliz. La aspereza de la arena semejaba la textura de mi cuerpo marchito. Construí un castillo de arena y cuando lo había terminado, lo derrumbé. En la noche hice una fogata y con la arena la apagué. Y en esa oscuridad me encontré sola en medio de la arena. Atrás estaban los días vacilantes sobre las olas. Y fue tanta mi dicha que pedí estar así por siempre.

Mi petición fue escuchada. Mi lánguido cuerpo se transformó. Recordé a Baucis y su ruego a Jupiter. No tuve a un Filemón para despedirme, entonces abrazada a mí misma, me despedí de la que había sido. La metamorfosis empezó en mis manos, se hicieron arenosas. Los granitos se desprendían de mí y así, como un reloj de arena, el resto de mi cuerpo.

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